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Crítica Literaria Isidoro Loi EL CUERPO Y SUS MIEMBROS
Isidoro Loi nos pasea por las más extrañas y recónditas costumbres humanas, las que nos mueven a hilaridad, pero que en su tiempo se respetaban con rigor litúrgico.
Enero de 2010
Desde tiempos inmemoriales el cuerpo humano ha servido para dar rienda suelta a los más divertidos chistes y originales pullas.
Y así, de una persona con manos grandes decimos que hasta puede tocar las castañuelas con dos tapas de water.
Si posee orejas de un porte más allá de lo normal decimos que tiene la cabeza entre paréntesis.
Las bocas grandes también dan para todo tipo de bromas. Es cosa de recordar al gran trompetista norteamericano Louis Armstrong, a quien apodaban "Satchmo", es decir, boca de baúl.
Una mujer con pechos turgentes y demasiado abultados da para todo. Como que cuando juega fútbol quedaba off side de inmediato.
La estatura también sirve para que los humoristas hagan su agosto. Por ejemplo: ese tipo era tan chico que no le cabía la menor duda.
Justamente la estatura ocupa un lugar preferencial en este libro de Isidoro Loi.
Nos relata que el actor Humphrey Bogart (1899-1957) era más bien bajo, y llevaba alzas, es decir, gruesas suelas que le proporcionaban mayor altura.
Así, cuando filmó Casablanca con Ingrid Bergman -que medía un metro setenta y ocho-, Bogart llevaba zapatos de plataforma que aumentaban de manera significativa su estatura.
Pero no se aflija si tiene el complejo de Napoleón.
Ahí están los casos de Honorato de Balzac, Truman Capote, René Descartes y el genio de Montesquieu.
Gobernantes también lo ha habido tímido de estatura, como Nikita Krushev, Atila, Napoleón, Mahatma Gandhi y Francisco Franco.
De músicos ni hablar. Chicos célebres han sido Sebastián Bach, Beethoven, Joseph Haydn, Richard Wagner y el propio Mozart.
Y entre los artistas y cantantes hay más, como Paul Anka, Charles Chaplin, James Dean, Dustin Hoffman y Elton John.
Isidoro Loi nos pasea por las más extrañas y recónditas costumbres humanas, las que nos mueven a hilaridad, pero que en su tiempo se respetaban con rigor litúrgico.
En la antigua Inglaterra -por ejemplo-, los súbditos no podían tener relaciones íntimas sin contar con la anuencia del rey, a menos que se tratara de un miembro de la familia real. Cuando la gente quería procrear un hijo debía solicitar un permiso al monarca, quien le entregaba una placa que debía colgarse afuera de la puerta mientras tenían relaciones.
La placa decía Fornication Under Consent of the King (F.U.C.K.), origen de la muy socorrida palabra inglesa fuck.
Entretenido, anecdótico y ameno.
"El cuerpo y sus miembros" es un libro imperdible para este verano...
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