Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
CRITICA LITERARIA
MARZO 2013


INFORMÓ… CLAUDIO SÁNCHEZ

Se trata de algo así como las Memorias de este periodista de vasta trayectoria, cuyo paso por Canal 13 y Megavisión terminó contra su voluntad y siendo tan bullado como polémico.

Son de esos libros que se leen con fruición incontenible y destinados a comentarse, porque su autor -Claudio Sánchez- es uno de esos periodistas que pertenecen a una pléyade con harto de privilegiada: fue muy joven destinado a reportear por el mundo cuanto acontecimiento requiriera sus servicios.

En una profesión que hace rato confundió el éxito con el mérito, los hechos vividos e informados por Claudio Sánchez se sostienen con macicez y prestigio logrados a base de talento, sudor y lágrimas, parodiando un tanto la frase del viejo Churchill.

En su condición de periodista "todo terreno", Sánchez dedica un capítulo final a aquellos personajes que pasaron a la categoría de leyenda y que tuvo ocasión de conocer personalmente. Ahí están los casos de Fidel Castro, Daniel Ortega, el rey Juan Carlos, Juan Pablo II y un largo etcétera.

Me sumerjo en la página 245. Escrutemos lo que relata este periodista talquino:

-"Donde menos podía esperarlo conocí a Muhammad Alí, el otrora mítico boxeador llamado Cassius Clay. A raíz de la Guerra del Golfo había ido a Bagdad, donde reporteaba las horas previas a la inminente llegada de tropas norteamericanas. (…) El estaba ahí haciendo un documental de apoyo a Sadam y una fuerte crítica a la intervención norteamericana. Era tan buena onda, que dejó que nos tomaran fotos en actitud de pelea (esa típica en la que los púgiles enfrentan sus puños) y nos invitó a tomar café-café que hacía con una maquinita que llevaba consigo a todas partes. (…) Más de veinte minutos habíamos estado a solas con él y nos sentíamos felices…"


SENTIDO DE UNA PROFESION

Siempre he creído que la noticia no es un Torneo Mundial de Fútbol o el lanzamiento de un cohete al espacio. Es el relato que el periodista hace de ese Torneo de Fútbol o de ese lanzamiento.

Desde este punto de vista, Sánchez supo darle impronta personal a sus despachos y entrevistas. El epítome de su estilo se puede resumir en una sola palabra: cordialidad. Desde luego que el término debe entenderse en su acepción más excelsa, sin por ello caer en la zalamería o transitar por los derroteros almibarados de la pregunta o el tono conciliador en grado supremo.

La forma en que los periodistas encaran su profesión reviste interés para los millones de personas que se informan -por la TV, diarios o revistas- de los asuntos y acontecimientos de la vida cotidiana. Eso es archi sabido.

Lo que no enseñan las universidades chilenas -válido para la carrera de Periodismo- es que existe el llamado periodismo personal. A ello adscribía absolutamente Horace Greeley, forjador y director del cotizado "Tribune".

Y es que siempre que en la profesión periodística surja un hombre que sea lo suficientemente original, fuerte y audaz como para lograr que sus opiniones graviten en el público, habrá periodismo personal. Ahora, siempre que los medios cuenten con periodistas mediocres cuyos criterios se olviden en cuestión de semanas, habrá periodismo impersonal. Sánchez forma parte de la membresía de los primeros, sin duda. Muchos años en canal 13 y una decena en Megavisión podrían haber desgastado al más lúcido y avezado. Contra los pronósticos de muchos, Sánchez supo dar a cada despacho la lógica inherente del episodio, empleando el epíteto preciso en el momento adecuado. No logró objetividad (tarea imposible en periodismo) pero alcanzó ecuanimidad para tratar los sucesos, lo que le granjeó CREDIBILIDAD, algo que pocos logran en las procelosas aguas del periodismo, una profesión donde las garras de la envidia atrapan a todo aquel que logre alzarse más allá de la "prudente mediocridad nacional".

Fue ese pivote inasible y corrosivo llamado envidia el que lo sacó de Canal 13 y de Megavisión. Ambos episodios están narrados en el libro.

"Informó… Claudio Sánchez" es un libro ideal para quienes gusten de conocer los gajes de un oficio donde la adrenalina suele destilarse en mayor cantidad que otros oficios, pero donde la envidia asoma agazapada, ya no solo entre los enemigos, sino que en los colegas que pululan en torno nuestro.

Y digo nuestro, porque escribo esta crítica desde mi condición de periodista, profesión que consiste en ser algo así como el Ministro de Fe de los acontecimientos.




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