Piramides de Egipto
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JORGE ABASOLO ARAVENA
PERIODISTA
jabasoloaravena@gmail.com
CRITICA LITERARIA
Diciembre de 2015


TITO MUNDT

TITO MUNDT, EL ÚLTIMO GRAN REPORTERO

Sus mejores crónicas en La Tercera de la Hora

CRITICA LITERARIA EN VERTICE2000 Anote bien amigo lector, porque la memoria es muy frágil. El libro se llama "TITO MUNDT, EL ÚLTIMO GRAN REPORTERO", y es de Lolita Editores. Son 290 páginas que se leen con fruición de adolescente y entusiasmo de usurero cobrando intereses.

Del gran Tito Mundt (amigo de mi padre) se me quedó grabada una frase que no se me olvidará jamás: la vida de un periodista tiene el deber de ser entretenida. Y la suya lo fue en grado superlativo.

Sí, porque la vida de Tito Mundt fue pródiga en eso de viajar de modo vitalicio y compartiendo con una fauna humana tan diversa como variopinta. En su bitácora de entrevistados destacaban princesas, criminales, duquesas, futbolistas, barones, mafiosos y Jefes de Estado.

Creía en el periodismo ameno hecho a base de esfuerzo y talento.

Para ello, estimaba innecesario ser un Walter Lippman o un Quintin Reynolds. Sólo había que dejar que el cerebro diera las órdenes a su vieja máquina de escribir "Remington".

Con alma de inmigrante, explorador y trashumante, cuando ni viajaba estaba en vísperas de hacerlo. Sus maletas estaban llenas de anécdotas y nostalgias. Cada una con aventuras propias.

Escribía como hablaba. De forma flamígera, sin dar respiro al lector que continuaba arrobado ante su encandilante oratoria. Poseía un léxico ampuloso del que no abusaba. Le bastaba el sustantivo preciso para imbricarlo con el adjetivo que se proponía. Pero hay más: al calificativo solía dotarlo de emoción.

De su boca emanaban anécdotas, chanzas, descripciones de palacios, semblanzas de estatistas y hasta interjecciones de grueso calibre, cuando el diccionario no bastaba para expresar la sorpresa ante lo desconocido.

¿De qué modo recordarlo?

Yo ya le he rendido un homenaje. Modesto y a mi manera. En el living de mi casa mantengo enmarcada una frase suya muy decidora: "Sé que tengo facilidad para escribir, pero he llegado a une edad en que que quiero cambiar de estilo. Ahora quiero escribir algo que haga más que pensar. Que haga emocionar".

Curioso por antonomasia, Tito Mundt miró el mundo con ojos de niño... y lo describió con estilo de maestro.

Nació, creció y murió a velocidad ansiosa.

Acaso su pecado haya sido no darse tiempo para sí mismo.

Escribía y hablaba a la velocidad del rayo... tan rápido como el guardaespaldas de Usain Bolt.

Su congénito rechazo a la rutina lo convirtió en el globe-trotter del periodismo chilensis. Su sentido de la ubicuidad no conocía límites. A veces se le encontraba en el Nuria almorzando con un político; otras veces reporteando en Madrid y hasta se perdía por unos cuantos días pues en Francia se entusiasmaba demasiado con uno de esos entrevistados para el bronce.

Todo se le perdonaba, pues llegaba bajo el brazo con carpetas y apuntes de esas con sorpresas mayúsculas. Periodísticamente era tan gigante como impredecible.

Su hija Bárbara me contó que desechó la carrera de Derecho para volcarse al periodismo de modo cabal. Aseguraba a quien quisiera escucharle que el primer deber de un periodista no era solo informar y entregar datos, cifras, nombres y apellidos, números de carnet, direcciones o fechas.

Para Santiago Mundt Fierro, la tarea cardinal de un periodista era entretener... con erudición.

Dijo en una oportunidad: "si usted no entretiene y hace bostezar al lector, está jodido. Hay sabios de alcurnia cuyos libros duermen la siesta eterna".

El hiperkinético Mundt fue un tipo que podía escribir una crónica acerca de un partido de ajedrez o de un retiro de las Monjas Carmelitas y hacerla entretenida. Todo ello de la mano de ese pivote inasible llamado talento.

Gracias a Ediciones Lolita por este libro que rescata a uno de los popes y maestros del periodismo chileno.

Y gracias a mi amigo Francisco Mouat por regalármelo de modo tan obsequioso.




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