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ENTRE LOS BORGIA Y UN BLOQUEO MENTAL
Bellísima Elia Simeone, si tuviera diez años menos la habría convertido en una obsesión
Por Andre Jouffe djouffe@yahoo.com
Sábado 1 de marzo de 2008
Los Borgia, de Mario Puzo terminado por su pareja Carol Gino y el abogado amigo del autor, Bertram Fields, -el autor murió en 1999 sin alcanzar a corregir la novela- es fascinante. Especialmente en un día fome y gris en Punta Arenas como este. Se los recomiendo.
Me entretuve muchísimo con algunos capítulos de Historias Secretas del Fútbol Chileno de Urrutia-Guarello. Hay un capítulo demasiado denso con formaciones de equipos, poco relato más bien algo para el patrimonio del hincha. Me quedo con lo de Rojas uno y dos y el primer capitulo, el que habla de las deudas. Cómprelo como lo hice yo, porque nadie me lo obsequió.
Aquí los millonarios pasean por la calle y se confunden con la media pues la moda al parecer importa poco. Me llamó la atención la otra noche que un distinguido millonario anduviera con un terno Johnson de 40 lucas. Muy de provincias.
Mariana Hales es la última adquisición de Random House. El 12 presenta un libro de un destacado escritor en un desayuno en el Park Plaza pero llegaré recién por la tarde a Santiago.
Es bellísima Elia Simeone, si tuviera diez años menos la habría convertido en una obsesión. Demasiado talentosa y joven para pre jubilar aquí. Creo que merece estar en una gran redacción de revista santiaguina. Si los embajadores hasta le tenían cuco y le pedían consejos. Tiene un aire de una conductora del trece -no la nombraré- que era de izquierda cuando residía en Italia y se lo pasaba en la casa Chile en Roma y a Eugenio Llona le fascinaba. Ahora está como a la derecha de la UDI.
A propósito Eugenio, necesito alguna luz sobre el e-mail que te remití.
Si Dios quiere, el miércoles 27 parto con mi programa a las 22 horas en ITV de Magallanes.
Lean la siguiente ficción, que tendrá cuerpo más adelante.
La mujer de Nicolás era algo estúpida. La tarde en que tocaron el timbre y el hombre le pregunta si le corta el pasto, ella pensó en que le proponía sexo. Había escuchado chistes al respecto, de alfombras y similares, pero el jardinero iba de casa en casa ofreciendo cortar el césped de los jardines tres por tres que abundan en Punta Arenas.
Al Nico le gustaba observar los enormes cruceros que atracaban en el muelle y los más enormes que anclaban a doscientos metros de la costa por su talaje. Entonces los pasajeros eran embarcados en unos pequeños zodiac que son capaces de entrar al vientre del barco así los viejos que suelen ser la mayoría de los pasajeros no tienen que balancear sus nerviosas articulaciones a botes de acercamiento.
Pero igual, cuesta tomar vuelo en una novela, especialmente si uno no sabe como va a continuar y menos aun, finalizar.
El yagan puso su boca a disposición del público para que le arrojaran maní, almendras y lo que estimaran conveniente. Los visitantes a la feria internacional de París escudriñaban asombrados a los hombres enjaulados traídos especialmente desde Chile para su stand de promoción.
Miroslav Ostovic pensó: A ese país tan salvaje, que trata a la gente como animales, jamás iría a vivir. Pero Ostovic, de regreso en Croacia, aprendió que su negocio había quebrado y que la única opción era la A o la B. La primera, irse a los Estados Unidos pero las visas andaban escasas; la B, a Buenos Aires.
De la Argentina, donde los italianos marcaban la preferencia, Miroslav decidió venirse a Punta Arenas donde no vio Onas enjaulados pero si en franca vía de extinción. Era un pueblo pequeñísimo y más aun lo fue Porvenir, en Tierra del Fuego donde imaginaba podía quedar algún residuo del oro que encontró Julius Popper. Nada.
Puso una pequeña pulpería y a la primera oportunidad, cruzó el estrecho de Magallanes hacia Punta Arenas, se casó con una hija de croatas, tuvo dos hijos y al fallecer, Miroslav era propietario de varias estancias tanto en Chile como en Argentina.
Nicolás, su hijo mayor era hombre de obsesiones. Durante años estuvo intrigado si Pinturicchio, el artista del papa valenciano Alejando IV (o Rodrigo Borja y luego italianizado Borgia) dio origen a la palabra pintura. No olvidaba que el pintor, tuvo a su cargo los frescos que le ordenó el papa para la sala de audiencias y que los mártires y santos llevaban los rostros de sus hijos Lucrecia, Cesar Juan y Jofre. ¿Y entonces el apellido Jofre tiene su origen en el hijo bastardo del Papa? Se preguntaba Nicolás en vez de preocuparse de los negocios de Miroslav. Y Savonarola, el orador de Florencia, también le invocaba demonios ya que Miro hablaba en monosílabos.
También leía y releía una y otra vez la noche en la cual, en presencias del Papa, Lucrecia y su hermano César hacen el amor porque su padre, inspirado en costumbres faraónicas, creía que era la única forma de perpetuarse y sellar el poder de una familia. Y como Lucrecia era su única hija, la hizo poseer por su hijo cardenal antes de ofrecerla como esposa a Giovanni Sforza de Napoles. Raro todo, si era raro para Nicolás.
Frente al barco griego, o mas bien dicho los resto del naufragio en el Estrecho, Nicolás pensaba en su tocayo Peric, que estaba en Turquía, en Estambul nada menos, mirando el Baltico por un lado y el Mediterráneo por el otro mientras el, Nico, solo podía observar el Estrecho picado o manso, daba lo mismo, igual cuando le bajaban sus calenturas, se bañaba con ropa en las aguas coprolálicas del Estrecho con vista a Tierra del Fuego.
Hasta ahí nomás los dejo.
En Shiphol, el aeropuerto magnífico de Amsterdam, me subo al 747 400 flamante de nuevo a mediados de los ochenta. Casualmente viaja Eugenio Llona entonces RR.PP. y manager de los Inti Illimani.
No llevaba regalos pero el avión hizo tantas escalas y cambiaron la tripulación tres veces que en cada pasada del carrito me hacia de dos botellitas de vino. Recuerdo haber traído como 14, así pude repartir mosto francés como regalo.
Otra. El personal de a bordo de Ladeco -desgraciadamente ya no existe-, me conocía bien. Yo andaba sin ganas de beber alcohol pero entre Buenos Aires y Santiago un sobrecargo me dice: Andre la cordillera viene fea. Me trajo un whisky triple, crucé Los Andes cantando feliz de la vida.
Cuando murió Stefano Casiraghi deje la delegación de Aylwin en Ciudad de México y gracias a un préstamo de Jorge Uribe -el viático se me había agotado pues era fin de gira- pude embarcarme en Iberia para llegar a Mónaco. En el vuelo cobraban medio dólar por el botellín y yo andaba con un billete de cien. El sobrecargo me dijo: te regalo la botella porque vuelto no tengo. Al final me dio como siete botellines y dormí regio para cubrir el trágico acontecimiento.
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