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ABASOLO ME PONE EN LIOS CON TOMAS COX.
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Por Andre Jouffe |
Enero de 2011
Jorge Abasolo me mete en líos con Tomás Cox. En una entrevista inédita aún, le dice que yo sostengo haber sido el creador de los eventos en Chile. Cox elegantemente señala que puede ser, pero que el los hace bien desde hace 33 años y medio.
En primer lugar Jorge, jamás he sostenido lo que me atribuyes. Cuando hice eventos con Cosas y con mi empresa PRS, de los años 80, ya Lourdes Oyarzún llevaba la delantera organizado eventos internacionales en Pakistán y otros lugares.
En segundo, consulta antes de meterme al baile.
La canción de los Beatles When I´m 64 me cayó el 16 de enero. Mi hijo Martín que también cumpleaños ese día, llamó tipo dos de la mañana en medio de un carrete en Viña del Mar.
Días antes mi hija mayor me obsequia con un Tetrix, ese juego que me acompañó unos diez años en viajes periodísticos para hacer hora en aeropuertos y aviones, matar el tiempo antes que este me matara a mí. Odié, amé, presionando los botones del aparatito. Ahora tengo una razón más para qué vivir y soportar el clima de la última esperanza.
En el metro de Londres o trenes o aviones, los niños me veían jugar al Tetrix y le murmuraban algo a sus mamás como diciéndoles ese viejo que está haciendo con un juguete que podría ser mío…
Patricio Aylwin de compras en un almacén de Algarrobo que nos vendió yogurt vencido. Rodeado de algunas personas, con los dientes de conejo siempre al asomo, está bien a sus 90. Pienso que si me reconoce va a comentar en voz alta, ese sinvergüenza no lo quiero ver pues me faltó el respeto escribiendo sobre mí hija -ahora abuela-, Marianita. Por eso no lo mandé a un país del Este como le insinué.
Coincide mi permanencia en Algarrobo con unos acontecimientos personales ocurridos exactamente entre el 31 de diciembre de 1970 y el 23 de enero de 1971.
Prólogo.
1967: Durante la guerra de siete días, algunos judíos partieron a Israel a participar en el conflicto. Una compañera de curso para quien la fidelidad era muy frágil, mantuvo un romance mientras su novio cumplía con su ideal.
Meses mas tarde, regresó el joven y tuvimos la mala ocurrencia de que la fuera a dejar en auto a la casa a la salida de la uni; el nos seguía, al parecer y estacionó su coche delante del mío y se la entregué personalmente.
Esta infidelidad fue castigada -en ella- en forma bastante cruel, pero no entraré en detalles.
1970: Yo ya trabajaba en medios y una tarde libre -estaba en deportes de manera que me tocaba descanso en la semana-, me tendí en el pasto de mi casa en calle Loreley casi o totalmente en pelotas.
Algo se interpone ante mi vista y el sol y es ella que María dejó pasar y me la tira: No puedo vivir sin ti.
Reiniciamos el romance al cabo de tres años antes como si fuese ayer, sin sombras a la vista.
Cuando sale elegido Salvador Allende, su padre, gerente general de una gran textil tipo Sumar, decide sacar a sus tres hijos y única hija fuera del país, a Israel nada menos.
Tenia pánico a la amenaza del marxismo leninismo que tanto vitoreaban los mercuriales y los del PEC. El éxodo fue masivo tanto de la colonia judía como de gente de derecha.
Yo había votado por Tomic -me pasé a la UP al regresar de Israel-.
En principio no pensaba seguirla pero cuando fui a dejarla a Pudahuel acompañado de Juan Pablo Cárdenas y María Angélica Blanco, compañeros de la uni y de curso, me largue a llorar a grito pelado, tal cual.
Los padres de la chica, asombrados en el aeropuerto de esta situación, si tuvieron dudas anteriormente sobre el amor que profesaba por su hija, se convencieron ante mi histeria irrefrenable.
Lloré todo el trayecto de regreso.
En la Fisa, mi tía Sadie y mi tío Walter que aun eran socios de la hacienda Las Palmas de Marga Marga (que según mi tía iba a pasar por herencia a mi cargo, y por eso estudié un semestre de Agronomía) me dicen que no dejara escabullir a la chica como la arena entre mis dedos.
Mi padre pensaba viajar a Europa de todos modos, el viejo quizás también dispuesto a capear los primeros días UP y de esta manera volamos a Buenos Aires donde mi amor esperaba el barco que partiría cinco días después.
La acompañé a bordo el día del zarpe y divisé una delegación de médicos. Pasó por mi mente que dado el ambiente de las navegaciones, donde reina una calentura insoslayable, posiblemente mi amor se iba a meter con un galeno.
Volé a Suiza a ver a mi madre y luego a Lisboa para embarcarme en ese mismo barco y viajar con ella a Nápoles. De ahí encabezados por un sheliach (jefe) navegaban a Haifa.
Resulta que mi amada pensaba que su corazoncito aparecería en Barcelona y no se aguantó.
El día previo del arribo de la nave, un cantante callejero se puso a cantar en una plaza colindante con el hotel, "El naufrago" que en una de sus partes dice "espera un poco, un poquito mas, para yo darte m felicidad". Mal presagio y me dije que ella estaba metida con un doctor.
La noche del arribo, los pasajeros descendían por una puerta y los que embarcábamos por otra. Y ahí la vi., con un hombre detrás con sus dos manos puestas sobre sus hombros.
Apenas me vio, el se hizo el cucho y ella se vino a mi lado. La agarré a garabato limpio apenas pude, pero después en el camarote con ella, mientras uno de sus hermanos golpeaba furibundo la puerta, se me fue rabia y dolor. Pensé que era la venganza del ex novio de la guerra de los 7 Días.
Rematamos en Nápoles, perdoné como buen huevas que he sido siempre y luego partí a Suiza para preparar mi aterrizada en Israel. Mi madre renegada hasta morir, sollozaba: Lástima que sea judía.
LA HISTORIA EN EL ERETZ
Abordé un Swissair en Ginebra el 31 al mediodía. Un turco me hace un gesto de que me siente a su lado y yo, sin pensar dobleces lo hice. Cuando me agarro la pierna a la hora de vuelo después de tratar infructuosamente de convencerme que viajara Estambul con el "lo vamos a pasar muy bien", aseguraba, tuve que acudir a otro asiento.
A las cuatro en Atenas, no sin antes recibir la reiteración del invite del tipo que lucía tremendos anteojos oscuros (ya me veía de eunuco en un harén) tomaba un Air France hacia el aeropuerto de Lot y el seductor siguió solito a Turquía.
Llegué a Israel de noche y mi amada no estaba en el aeropuerto. Tomé un taxi a Tel Aviv en vez de seguir rumbo a Haifa.
Vino medianoche, algunos celebraron la llegada del 1971. Quizás los árabes y algunos cristianos. Llamo a Haifa y ella me responde que tome un bus y viaje altiro.
En el trayecto nos pararon soldados y pidieron nuestra identificación. El país estaba en guerra y los helicópteros revoloteaban de lo lindo sobre nuestras cabezas. Jamás imaginé que tres años más tarde los milicos nos iban a obligar a sentir la misma música.
Me camuflaron en un Ulpan, un lugar para los inmigrantes para que aprendieran hebreo antes de soltarlos a los kibutz u otro destino como era el servicio militar. Esto último me daba horror ya que no tengo nada contra los árabes por que sí.
Luego viaje a Tel Aviv a conocí unos parientes lejanos de mi padre, a la Universidad de Jerusalén donde no quisieron aceptarme por carecer educación judía (si les digo que soy converso se mueren ahí mismo) luego fui al consulado para prolongar la vigencia de mi pasaporte que vencía a fines de enero pero se negaron cuando rehusé a afeitarme la barba -me la dejé crecer a pedido suyo mientras cruzábamos el Estrecho de Gibraltar y nunca mas me la afeité-.
La foto exigía el aspecto igual que el precedente pero la barba alteraba al individuo. Mi tío Barak algo adivinó cuando volví a su departamento en Tel Aviv sin la renovación del documento.
El 16 de enero día de mi cumpleaños, mientras escuchábamos a Amelita Baltar en la interpretación de temas de Astor Piazzola, escucho a mi amada comentarle a una amiga también proveniente de Chile: estoy choreada.
Entendí que mi proceso de adaptación había sido poco apreciado, que ella estaba cansada de mí; sumado a una especie de aftosa que me tuvo con la boca llena de aftas durante cinco días, con fiebre y dolor de garganta, en fin, pese a que sus padres ya nos tenían prometido un departamento amoblado, hubo otro hecho.
Cuando la llevé al Vaticano en Roma antes de que se embarcara ella se dio cuenta que no podía arrancarme del catolicismo, según sus propias palabras. El teatro de la Iglesia en la Basílica de San Pedro, con música de órgano a las espaldas y Juan XXIII al frente era como un plato demasiado fuerte para renegar.
A buen entendedor pocas palabras. Le prometí partir sin avisar. De manera que cuando vino el taxi para llevarme al aeropuerto de Lot, le susurré en el oído: "Hasta mas rato" y me vine.
La diferencia del romance con la chica que aun reside en el Eretz y mi primera esposa es que la historia trascurrió en 21 días aproximadamente, en su parte modular y con viajes de 15 mil kilómetros de por medio, otra gente, otras razas.
Todo este amarre y desamarre de un matrimonio aportas se hizo en el mismo espacio de tiempo que mis vacaciones 40 años más tarde en Algarrobo.
Han pasado cuatro hijos desde entonces.
Me hice acérrimo fan de la UP y luego contraje matrimonio por primera vez en septiembre de 1972. David Baytelman tío de Schlomit agoró que la mezcla con una chilena no iba a resultar.
Esta unión duró 9 años, la segunda también con una goy como dicen los judíos, 24. Pas mal.
La mujer vino a comienzos de los noventa de Israel de visita a Chile; pasó a Revista Cosas y fuimos a almorzar. Me dijo al despedirnos: Ojala toda mujer tuviera alguna vez un Jouffé en su vida.
Volví al trabajo llorando de emoción. Estoy seguro que otras que amé seguramente habrán comentado: Ojalá ninguna mujer se tope con un Jouffe en su vida sentimental.
Enciendo un fósforo de cajetilla Puerto Varas que muestra un volcán y un castillo. ¿Así se imaginan la ciudad sureña los fabricantes de la India de las yescas que reemplazan a nuestros clásicos fósforos Copihue?
El eneldo que crece como maleza en Chile es importado de Egipto leo en el envase. Pienso en el légamo del Nilo y en los repollos más grandes que he visto en mi vida allá en El Cairo, creciendo en aguas turbias. Eran del porte del zapallo de Shrek.
Aquí en Algarrobo, litoral central, recuerdo a Mauricio Weinberger un amigo de mi padre, cuando almorzábamos en el Hotel Pacífico, ahora remodelado. Entonces era como las termas de Jahuel en la costa.
Por la calle un centenar de manifestantes en 1957 gritando Allende, Allende, Allende solo Allende.
Mauricio hasta viejo, antes de su muerte, aun sonreía al recordar esos gritos y me los repetía.
No gané el Fondart con El minero invisible pero si gané como equipo de otro con Parafraseando escritores Magallánicos. Gracias William Levet, segunda vez que gano contigo.
La verdad es que fue tal el apuro por entregar los dos primeros capítulos del libro que el primero, publicado en esta columna sobre la presencia de Dios como minero 34 en Copiapó, que el tema estaba manido. El segundo sobre un minero en Marga Marga, ese vale la pena y se los regalo como cuento de vacaciones al final de la columna.
Mandaron a Golborne al sacrificio y salió airoso y Piñera tiene por ahora sucesor asegurado.
Una chica entonces del restaurante picada de la Caja de EEPP de Punta Arenas con piercing debajo del labio inferior, se hacia la difícil. No le caía bien. La reencontré después en un chilote y fue más simpática. Con las piscolas la divinizaba pero pienso que debe de tener estrías y los pezones negros.
Rubia teñida la reencontré de clienta en el Carioca y le pregunté si estaba cesante. Y por su hija, pues adivinaba que como toda mujer chilena era de las que traen criaturas al mundo y la carga se arregla en el camino. Estaba cesante y disponible, pero ya no me interesó.
Para finalizar. Dicen que leer a Haruki Murakami produce adicción. Pero al terminar el segundo libro suyo, Tokio Blues o Bosques de Noruega (Norwegian Word), luego de haber devorado el primero Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo, aparte de aprender que susuki, significa graminea y sensei medico o profesor ocurre lo siguiente:
En ambos libros de 910 y 380 páginas respectivamente el protagonista ya sea Toko Watanabe o Tooru Okada es mediocre, sensible, buena persona; que a todas las chicas les duele cuando le penetran, el protagonista se enamora de Kumiko en una de Naoko en otra y las dos son locas de remate; en Tokio Blues Mimador es una versión distinta de May; El personaje Nagasawa es lo que será Noboru Wataya en el otro. Al autor le gusta mucho describir lo que sus personajes comen y visten.
Como si fuera poco, llego a 2100 paginas leídas con: La soledad de los números primos del joven italiano Paolo Giordano, nacido en Turín. Si escapé de Murakami caí en personajes tanto o mas depresivos y mas encima autistas.
Viaje a ninguna parte pero terrible y lo peor, buenísimo. Lo recomiendo. Vale 20 mil pesos, me lo prestaron. Con razón tanta piratería; nadie puede pagar eso por 280. Dudo que me sumerja de nuevo en otra novela de Murakami, pero disfruté su obra.
Lo mejor de Golborne en el sur fue cuando le regala un CD con canciones de Alberto Plaza a la representante de una Junta de Vecinos de apellido Cárcamo con el título de "No me pidas lo que no te puedo dar". El hombre aprende de Tatán, ojalá no se sobre exponga tanto.
EL CUENTO PROMETIDO, EL CINTURÓN DE MARGA MARGA
"Cuatro faroles descienden por Marga Marga hacia el pueblo"… reza el poema Entierro de Campo de Carlos Pezoa Veliz.
Alguien de los alguienes lo puso en el bolsillo a Rosalindo Leyton, antiguo inquilino de la hacienda Las Palmas sin saber que el beneficiario era analfabeto. Lo único que recordaba eran las frases sugerentes de doña Sadie…"Esos lavaderos están yermos, estériles, súper relavados; desde el siglo dieciocho los indios sacaron el poco oro que quedaba en las chayas. Una que otra pepita no va a armar tu existencia".
Pero la vieja patrona había fallecido junto con la Reforma Agraria y el predio propiedad de Lipigas era accesible.
Paralelo a Quilpue, El Belloto y Villa Alemana, el estero transportaba en su lecho aguas amarillas, en conductos no más anchos que la vena cava.
Mariela, la hija de don Rosa le había obsequiado un lindo cinturón de cuero, auténtico, para la Navidad. Cosa poco común en la chiquilla, a juicio de sus padres tan insolente con ellos. Maru era la única que apoyó a su padre en esta empresa de revivir la fiebre del oro del Marga Marga y por lo menos ambicionaba que su viejo como le decía a su madre, "se afirmara bien los pantalones en este país en el cual cuando los hombres se agachan se ve la raya del tambembe".
Don Rosalindo Leyton reapareció a la luz pública nueve meses después con un cordel reemplazando lo que había sido el ilustre cinturón. Pero esta circunstancia era solo un detalle. La miseria de la cual iba cubierto cuando solamente ingresó pobre, era la nada misma.
"Quilpué ya no es el de antes; el cine Velarde ahora cobija un supermercado", pensaba mientras caminaba hacia la vieja hacienda. Las casas alojaban café con piernas uno al lado de otro; amén de prostíbulos diurnos y nocturnos. En el fondo don Rosa estaba feliz de sumergirse en la aridez de un paisaje abrasador de noviembre.
La jornada, tal como lo había vaticinado la veterana patrona fue inútil; cero cosecha. Y tal cual se sucedieron unas a otras y empeñaba su pequeño peculio a otros aventureros ilusionados con el brillo del pasado.
Era de noche. Leyton fumaba su Hilton, especie de pucho en extinción.
Luna llena, estrellas invisibles: "O tiembla o aparecen fantasmas", pensó.
Algo le trajo a la mente a la señora Sadie…y de pronto, sintió un escalofrío. Claro, fue la gringa que un atardecer, cuando le tiraba unos puchos desde su caballo en montura inglesa, le advirtió: "Hoy es viernes Rosalindo, llega temprano a casa… que no te vaya sorprender el jesuita".
Se escribía el año 1767 cuando la Compañía de Jesús fue expulsada del continente. Contaba la señora Sadie, que en su fuga atravesaron la hacienda.
Pero asediados por los acosadores enterraron tesoros en el sector denominado Las Palmeras Siete Hermanas.
Desde entonces, todos los viernes por la noche aparece un jesuita decapitado, con la cabeza en su mano izquierda, para vigilar que nadie perfore el lugar.
Rosalindo Leyton sintió la soledad por primera vez en su existencia; el terror más intenso de su vida. Era la noche fatal y luna llena. "No estoy cometiendo ningún delito" se convenció. "Me estoy ganando el pan; a nadie le robo"
Terminaba de pensar la frase cuando junto a la fogata vio una calavera.
La Maru inquieta, la solidaria de siempre con el viejo, tuvo una tincada extraña. El atraso menstrual siendo virgen a los 36 años y una corazonada telepática, le indico que debía acudir a Marga Marga. Eran treinta kilómetros a pie, o sea media jornada a buen tranco.
La extensión de la zona minera virtual, tampoco es demasiado grande. Maru encontró a don Rosa frío como la pata del indio de la Plaza de Armas de Magallanes. Divisó, sin darle mayor importancia, la calavera de un caballo cerca de su cuerpo y la ignoró.
Hurgando los bolsillos, dedujo que todo estaba en su lugar, pero al palpar el pantalón sintió algo duro. Al introducir la mano, extrajo una piedra. El destello del objeto contra el sol la enceguece.
-Oro puro-, concluyó eufórica. Una pieza para darle al viejo el funeral que merece.
Cuentan en los café con piernas de Villa Alemana, Limache, Quillota y Quilpue que en su regreso al pueblo, Maru caminó por un sendero orillado de pepitas de oro, que fue recogiendo gracias a las cuales nunca más sufrió penurias ni necesidades.
Cuatro faroles descienden
por Marga-Marga hacia el pueblo,
cuatro luces melancólicas
que hace llorar sus reflejos;
cuatro maderos de encina,
cuatro acompañantes viejos…
Yo soy el viento, y desde el arcón de mis recuerdos, esta leyenda les he contado.
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