Piramides de Egipto
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EL MOSCU DE JOSE MIGUEL VARAS

El periodista y escritor tenía en radio Moscú su programa "Escucha Chile", que se captaba desde Chile por onda corta.

Por Andre Jouffe
djouffe@yahoo.com

Septiembre de 2011

A raíz del deceso del Premio Nacional de Literatura 2008, es imposible obviar su larga permanencia en la capital de la Unión Soviética.

En 1988, con motivo de la cumbre Reagan Gorbachov, primera instancia de un presidente norteamericano en la URSS, accedí a José Miguel Varas a través de Volodia Teitelboim, otro exiliado en Moscú.

Fue un reencuentro al cabo de tres lustros pues Varas había sido mi jefe por un día, cuando era director de prensa de TVN y fui contratado para cubrir las últimas elecciones parlamentarias en 1973.

El periodista y escritor aun mantenía en radio Moscú su programa "Escucha Chile", que todos captábamos en onda corta medios ocultos a comienzos de la década del ochenta.

Recuerdo que me invitó a cenar a su hogar, un departamento en un moderno complejo de edificios, y al despedirnos, me pasa un fajo de muchos rublos. No los conté. Cuando quise rechazarlos -llevaba mi viático-, comenta: "No lo tomes a mal, pero no vas a poder comprar mucho con esto".

Efectivamente, por la mañana partí a buscar unas tiendas en las inmediaciones del hotel Belgrad y no había mucho que adquirir con la divisa soviética. Unos chocolates poco atractivos, coles, verduras harto feas, en fin, terminé con casi todo el dinero de recuerdo a mi regreso.

En cambio los dólares que llevaba fueron fabulosamente bien recepcionados en el centro de eventos donde tenía lugar la cumbre y donde sí había mucho que comprar desde íconos religiosos, vodkas con sabor a pimienta y limón -inexistente al otro lado de la Cortina-, suvenires a discreción y caviar.

En ese Moscú del 88, poco antes de la caída del muro, incluso a un secretario general del PC como Teitelboim le estaba interdicto franquear la puerta de un hotel internacional. La primera vez que me reuní con el, tuve un llamado de su hija advirtiendo que bajara a la recepción para ingresar a Volodia al lobby.

Por las tardes, por las noches pululaban las bellas rusas y trataban de enganchar con los turistas para que las entraran al bar del Belgrad. Muchas accedían a cambio de pasar un rato a la habitación del extranjero como manera triste de pagar el peaje. Para tal efecto era menester contar con la anuencia de la controladora de piso, una militante del aparato del partido, que residía con su familia en cada piso de los hoteles, a cambio de ejercer la vigilancia sobre quienes entraban y salían del ascensor.

Los burócratas en mejor posición, sacaban a relucir sus flamantes Lada y fue en más de una ocasión que me rescataron extraviado en las callejuelas de la ciudad del Kremlin.

Para demostrar lo que había detrás de la fachada de gran potencia de la URSS, dos episodios:

- Al ingresar al país, el aduanero me revisa el equipaje y antes de estampar el VB, me pide dinero chileno, solo como curiosidad. Afortunadamente portaba una moneda de cien.

- Al inscribirme en el centro de prensa para obtener la credencial de la cumbre, el funcionario descubre que la visa es de turismo, no para trabajar. Mis gimoteos le inspiran lástima, el solo habla ruso y yo no domino el suyo salvo el muchas gracias y buenos días. De pronto divisa la revista Cosas. Me da a entender que a su esposa le va a gustar pues le permitirá copiar los modelos de vestido (¿Carolina de Mónaco? ¿Lady Di? ¿Kate Moss?). Por supuesto. Se la pase y obtengo la visa.



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