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ADÚLTEROS ONLINE

Seductoras y adictivas, las aventuras extramaritales online tienen sus tintes perversos. Demasiados: ya hay países donde se esgrimen como causal de divorcio.

 

No hace mucho, en Somerville, Nueva Yersey, un hombre pudo probar que su mujer lo engañaba -pese a que ésta jamás tuvo una relación carnal con otro- presentando como prueba las copias de los e-mails que ella se escribía con su ciberamante, a quien denominaba "mi comadreja". Pero a estas alturas el hecho sólo constituye una anécdota, pues la infidelidad electrónica se ha convertido en un tema cotidiano de los tribunales en Estados Unidos, hasta donde los dolientes traicionados están haciendo llegar las evidencias de los affaires virtuales de sus parejas como causal para solicitar el divorcio.

Pero hay más: diversos estudios dan cuenta de que las aventuras amorosas electrónicas se están transformando en una de las maneras más frecuentes de infidelidad. Trescientos millones de personas se lanzan cada día al espacio cibernético para relacionarse con otras, y se estima que más de la mitad busca en la red nuevas experiencias y sensaciones. Y es que al amparo de la pantalla del computador se hace posible todo tipo de extremos, pues la red actúa como un potente desinhibidor para satisfacer postergados u ocultos deseos.

Según una reciente investigación realizada por la Universidad de Florida, EE.UU., el 83% de los casados que flirtean por chat creen que ello no constituye infidelidad, escudados en lo virtual del hecho, es decir, por ser intangible. El sondeo fue realizado entre los visitantes de foros de MSN y Yahoo destinados exclusivamente a personas casadas que buscan amistades, de entre 25 y 66 años. Sin embargo, hombres y mujeres reconocen que estos affaires virtuales no resultan del todo inofensivos para sus relaciones de pareja. Y quienes han sido víctimas de un engaño online se sienten tan traicionados y sufren tanto como los que advierten que son engañados en la vida real.

¿Puede haber infidelidad en un hecho cuya única materialidad está en las palabras lanzadas al espacio para construir ilusiones a dúo? "Pero, explícame qué te he hecho, si nunca he estado con nadie que no seas tú en la intimidad. Acepto que me escribo con personas que no conozco en un tono afectivo y que eso me pueda emocionar, pero nunca te he engañado de verdad con nadie", fue la respuesta que dio Laura Fuentes, una veterinaria de 35 años que llevaba un semestre de relaciones en línea con un argentino a escondidas de su marido, cuando éste la descubrió con las manos en la masa, en pleno acto muy sensual con su partner virtual, frotándose los pechos frente al computador. La relación sufrió una importante fisura y él ha desarrollado una desconfianza importante hacia ella, coaccionándola a dejar cualquier actividad informática dentro del hogar.

Otro caso: Alberto Hernández, empresario, 41 años, siente que nunca ha engañado a su mujer, porque no establece compromisos afectivos por la red: "A mis amigas virtuales nunca les he dicho te quiero, sólo mantengo con ellas ficciones inofensivas. Es mágico y quimérico. Me traslado mentalmente al Sahara con una mujer misteriosa, mientras en verdad estoy en una pieza oscura, escribiendo sobre un escritorio estrecho, lleno de tazas de café vacías y con los ceniceros llenos de colillas añejas de cigarro. Cuando chateo me acuerdo del hombre imaginario de Nicanor Parra, que vive en una aldea imaginaria, donde su corazón imaginario vuelve a latir".

En su libro El @mor en Internet (1999), la psiquiatra norteamericana Esther Gwinnell expone las ventajas que puede ofrecer una relación amorosa electrónica alternativa a la real lograda gracias a la red: superar la soledad, y hasta llamar la atención de la pareja, cuando ésta no está prestando la atención requerida. Pero también habla sobre patologías, conflictos y riesgos: es que la red es una gran ciudad virtual donde transitan con voracidad y velocidad infinitas todo tipo de especímenes, desde Don Juanes y camaleones consumados hasta ermitaños, tímidos, obsesos y mitómanos profesionales, de modo que una relación online podría complicar bastante la vida.

La sicóloga estadounidense Kimberly Young, autora del libro Atrapados en la red, también se refiere a las infidelidades online. Advierte que éstas pueden terminar con matrimonios que se creían consolidados, a veces con décadas de unión, pues todo comienza con inocuas intervenciones en salas de conversación virtuales, y va subiendo en intensidad, pasando luego al correo privado y hasta el teléfono, sin contar un posible encuentro concertado en cuerpo real, lo que ya es cuento aparte.

En Chile sólo en el chat Cybercupido participan más de 27 mil personas: "Es como un estadio San Carlos de Apoquindo lleno en busca de relaciones con otros, gente que se siente sola y anda buscando pareja. Y esa cifra no considera a los chilenos que están conversando paralelamente en otras salas virtuales", dice el joven psicólogo Rodrigo Farías, quien se ha especializado en la investigación de las relaciones virtuales.

Según Farías, "al amante virtual se le puede contar cualquier cosa, no se le encuentran defectos, no hace exigencias y así resulta un confidente ideal que, cuando la pareja está pasando por un mal trance, puede ser un aliado peligroso". Por eso, un juego que se inició pareciendo inofensivo puede crear niveles de dependencia, tornándose arriesgado y atentando contra los compromisos que se tienen en la vida real, la pareja entre ellos. "El adulterio virtual es de una comodidad absoluta, ya que ni siquiera hay que salir de la casa para consumarlo. Es de un acceso facilísimo, basta con decir que uno debe quedarse hasta más tarde trabajando en el computador, nadie te va a llamar por teléfono, no tienes que pagar motel, es un escape mental en dueto", dice Farías. Añade otro dato: los infieles virtuales requieren en promedio de unas cuatro horas diarias para comunicarse con sus partners. La construcción de coartadas para no ser descubiertos no es ninguna trivialidad, pues la mayor parte de las veces las historias virtuales se alimentan mientras la pareja real duerme, lee o mira TV en la habitación contigua.

A la consulta del sicólogo Giorgio Agostini los pacientes no llegan directamente por una infidelidad online: "Vienen porque sus parejas no andan bien, porque tienen una necesidad o problema no resuelto y, de refilón, resulta que mantienen relaciones virtuales y manifiestan incomodidad por tener historias ocultas, pero no se sienten concretamente infieles, porque no han dado un beso, ni tenido un coito con estos amantes".

Explica los alcances de la palabra infiel, que traducida del latín infidelis significa "falta al compromiso". Y añade: "En términos estrictos, podríamos hablar de infidelidad a través de internet en la medida en que el compromiso establecido en la pareja se quebrante y transfiera hacia afuera, hacia un tercero, aunque esto no involucre la parte física".

Farías agrega otro dato: "La infidelidad virtual es tal en la medida en que las personas están buscando algo que sienten perdido en la pareja, porque perciben que la relación ya no es lo que fue". Especifica que esta situación es más frecuente en las mujeres que en los hombres. Ellas son más proclives a buscar idilios virtuales que suplan o reemplacen carencias afectivas. Ellos, en cambio, tienden más a la búsqueda de cibersexo y, en general, sólo pretenden vivir un flirteo pasajero, con ninguna intención de afectar o poner en cuestión su vida de pareja.

¿Dónde está lo gratificante de estos contactos? Agostini dice que el anonimato que brinda internet permite levantar barreras de represión y censura que se nos han impuesto a través de la educación y se liberan con más facilidad las fantasías, sin restricciones de ningún tipo. "En una sociedad restrictiva como la chilena, esto es una verdadera catarsis individual. Es tremendamente liberatorio", insiste.

"Fue frente al mar. June vestía una túnica blanca, de tela muy fina, transparente. Henry la alzó hacia el cielo e hizo girar su cuerpo. Enseguida se mantuvo unido a ella por un tenue beso, mientras mantenía el cuerpo distante y le palpaba los pechos con las palmas de las manos abiertas. Luego la tendió sobre la arena y se instaló a su lado para mirar las estrellas. La noche estaba más inmensa y más azul que el océano. En ese escenario apoteósico Henry y June hicieron el amor, mientras las olas golpeaban cíclicas a sus espaldas".

Así reza una de las ficciones elaboradas entre Alberto Hernández y una de sus amantes virtuales. Alberto es Henry en sus relaciones por la red, en honor a Henry Miller. Relata que "el enganche con June, mi amiga virtual que se hace llamar así en alusión a la bailarina de tango que apasionó a Miller y se convirtió en su segunda esposa, ha sido exquisita. Hacemos un juego de roles literario sensacional, es una relación erótica intelectual y poética apasionante". Claro que la historia no terminó tan magistral, pues su mujer en la vida real lo descubrió en pleno: "Me preguntó qué escribía y a quién. Yo le conté. ¿Por qué haces esto con desconocidas y no conmigo?: La verdad es que no tengo la respuesta. Creo que el pudor me lo impide".

¿Por qué no con la pareja real y sí con la virtual? Porque la fantasía ha sido considerada por mucho tiempo un pecado, generando una tremenda inhibición. "Tanto las mujeres como los hombres chilenos creen que las fantasías sexuales son perversas. Es necesario que la gente entienda que todos las tenemos y que es normal", insiste Agostini. "Puede ser bueno y erotizante contarle a la pareja lo que el amante virtual pide, y relatarle qué se le dice y se le propone, incorporando ese mundo a la pareja real".

Como afirma Farías: "Una relación online puede aportarle a la pareja real un enriquecedor ingrediente de pimienta, que siempre viene bien. Hasta puedes hacer un swinger online para pasar un buen rato".

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